Al principio de los tiempos

Hoy seré breve. Ayer anunciamos que no habría más números de Lenguas de Fuego, lo que suponía la cancelación de todas las actividades pendientes, además de una serie de sensaciones a nivel personal de las que no voy a hablar.

Desde ayer, y hasta el día aún por fechar en que Lenguas de Fuego desaparezca definitivamente de la red, os mantendremos informados de las actividades que realicen los que fueron sus miembros y colaboradores. Mani Caldito y Sebas L. seguirán escribiendo en sus respectivos blogs.

Quien arriba firma se muda a otra dirección, http://gotardogonzalez.wordpress.com, donde seguirá escribiendo con más o menos asiduidad y en una línea aleatoria que parte de lo que aquí se hacía hasta ahora.

Gracias a todos los lectores, gracias a todos los compañeros, y sobre todo gracias a Bitternut.

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Amanda

«Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», pensé el día que la conocí, o tal vez lo dije en voz alta pero nadie me prestó atención, en aquella taberna irlandesa del Realejo donde las guiris se emborrachan con dos sorbos de cerveza y los estudiantes sin pareja van a mirarle a las erasmus gordas el escote hiperbólico, el tanga y las lorzas que asoman entre la camiseta de tirantes y la minifalda. «Te recuerdo, Amanda», recordé, porque cuando conozco a alguien juego en silencio a buscar alguna canción con su nombre, Alicia, Lola, Noelia, Angie, Eloisse, Penélope o Yolanda. Conocí a Amanda, «Te recuerdo, Amanda», una noche al final un verano, sentados varios amigos alrededor de una mesa en una taberna, charlando, sobre todo Amanda, que hablaba de la gente de su barrio, casi entrando en un monólogo que a veces parecía medido. Estuvimos allí durante algo más de una hora, bebimos poco, rodeados de las erasmus que a veces chillaban si empezaba a sonar una canción hortera, Amanda dirigiendo la conversación, pronunciando unas palabras que he olvidado y porque no forman parte de esta historia. Después de aquella noche no volvimos a vernos hasta varios meses después.

Amanda es una persona normal, con algunos distintivos, habilidades y defectos que la distinguen del resto de la gente como nos diferenciamos todos de los demás, con cierta habilidad para el relato oral, para imprimir a cada frase cierta contundencia espontánea, sin alcanzar la gloria de la genialidad, lejos del fango de lo miserable o lo grotesco, capaz de enamorar a alguien o de ser despreciada o envidiada, una compañía agradable para pasar las tardes y las noches de verano; por eso me sorprendió que hace unos días me sugiriera escribir la historia de su vida, porque no hay nada especial en ella, ni la grandilocuencia de las grandes conquistas ni el espanto de un crimen secreto, tal vez el sentimiento apasionado de un amor que ella creyera único, quizás el nombre una canción, «Te recuerdo, Amanda, la calle mojada», que cuenta una historia distinta a la suya.

Meses después de conocer a Amanda, en diciembre, viajé a Madrid para pasar unos días, pasear por el centro y charlar con Sebas L., entre otras cosas. Allí conocí a Grecia, mucho antes incluso de saber de su existencia: entré a la FNAC, compré Travels in the Scriptorium de Paul Auster y algún volumen de cuentos de Edgar Allan Poe, y Grecia estaba en la caja, uniformada, el rostro joven aunque algo serio, el pelo suelto, balanceándose junto a las ondas morenas unos pendientes de color verde hechos a mano. No supe quién era Grecia hasta mucho tiempo después, no supe qué relación tenía con la historia que hoy les cuento porque no era más que un rostro al otro lado de una caja, una mano que cobra, quizás un amor o una desdicha o ambas cosas detrás del anonimato, alguien que no me conocía y que quizá me leyera como usted, alguien como yo mismo. Aunque tiempo después tuve noticias de Grecia, jamás volví a verla, nunca cruzamos una sola palabra y hasta hoy no pensé escribir sobre ella, porque Grecia es una persona como otra cualquiera, no conozco de ella ninguna historia digna de ser escrita, su vida, en esencia, puede considerarse similar a mi vida, similar a la vida de mis lectores: si la pudiera relatar, la gente vería en ella a una hermana, a una compañera de trabajo, a una hija.

Durante el tiempo que estuvimos sin vernos, supe de Amanda que trabajaba y que algunos fines de semana salía de viaje como salimos todos de vez en cuando para huir de Granada. La ciudad cada dos semanas se vuelve como un gas venenoso. Hablábamos de cuando en cuando, mostrábamos un interés general por nuestras vidas, sin entrar en detalles, lo único que pude percibir en ella fue un brillo diferente en la voz, quizás una forma reírse sincera, similar a la que A. Infante solía decir que tienen las mujeres que ya no son vírgenes. Sin embargo, cuando volví a verla, tiempo después, había desaparecido buena parte de su labia, bajo sus ojos había una sombra del color del atardecer, el iris de color mate, la pupila cansada o triste: era la erosión de las lágrimas, eran las marcas del llanto, y el llanto no era más que un síntoma de la angustia, la implacable acuosidad de la tristeza, pensaba yo, «te recuerdo, Amanda, la calle mojada».

La vida de Amanda seguía siendo común, vivía en Granada como viven los gorriones de la Vega, en bandada, trabajando, disfrutando de alguna puesta de sol. Supe después que los cortos viajes que la llevaban algunos fines de semana por los pueblos de Castilla-La Mancha se debían al amor y no al ocio, no al amor común, sino al misterio silencioso de un amor secreto que, hasta hoy día, permanece oculto por excusas y mentiras. Me lo dijo Amanda, con la voz temblorosa y la mano desatinada, aquel día en que descubrí en sus ojos doloridos la pena, extendiendo el brazo por encima de una mesa del bar donde nos solíamos ver, mostrándome una foto en la que aparecía ella junto a otra mujer, más joven, morena, de fondo los molinos inertes de Campo de Criptana. «Es ella», me dijo, «también me ha regalado estos pendientes que ha hecho ella a mano», los llevaba puestos, de un color verde que se me antojó tópicamente de esperanza, suspendidos entre el pelo rubio de Amanda. No sé cómo se conocieron Amanda y Grecia, no sé cuánto tiempo llevan viéndose cada dos semanas en algún pueblo de La Mancha, tampoco es interesante para esta historia que no es la historia de dos mujeres, sino la historia de todos los hombres, de la miseria de la humanidad, del hundimiento de una especie en el lodo de la crueldad.

Se enamoraron Amanda y Grecia, la mujer a la que nunca conocí, como se enamoran todas las personas, creyendo que su amor es único y eterno, deseándose en las esquinas desiertas de un hotel o a través del hilo telefónico, y además, construyendo una burbuja que las ocultara de los comentarios y de las miradas indiscretas del barrio de Amanda, de los rumores urdidos a la ligera, del juicio de los hombres legos en amores. Amanda y Grecia se esconden para verse fugitivas de la mirada miserable de los hombres que las miran como se miran las rarezas circenses. Más allá de la incomprensión hay siempre una madriguera angustiosa. Amanda y Grecia se han perdido los besos en los parques, los paseos en Navidad por el centro de Granada, las siestas en la playa tumbada una encima de la otra.

Amanda me sugirió que escribiera sobre ella, quizás porque necesitaba abrir una ventana hacia el exterior para vencer la claustrofobia del secretismo absoluto, pero no había nada que contar aún, pensé, quizás la historia de un amor, quizás el peso del secreto que ahora brota en los ojos de Amanda, semanas, quizás meses, antes de que por fin se deje ver paseando de la mano de Grecia. Ni siquiera he podido relacionar, al más puro estilo de los estudiantes de literatura comparada, la historia de Amanda y Grecia con la Amanda de Víctor Jara, porque esta no es la historia de dos nombres, no es una historia con fechas, es el germen que brotó sutilmente de la voz de Amanda, «esto da para mucho, podrías escribir mi historia», y yo pensé que no quería escribirla, se la dejo a ella para que la narre en primera persona, que salga de la asfixiante guarida de lo oculto, que hable como hablan los enamorados, aquí nos conocimos, allí cenamos por primera vez, mientras yo hablo de los hombres, de la verdadera historia que cuento hoy, la que se empieza a extinguir como los dinosaurios, la historia de aquellos cavernícolas que ven a Amanda huir algunos fines de semana, aquellos que no sabrían verla cogida de la mano de Grecia porque aprendieron a censurar lo que les parecía diferente al identificarlo con lo perverso, porque aprendieron a considerar perverso lo que despertaba en ellos la lujuria o la curiosidad de una sexualidad amordazada ente dos cojones y que no pertenece a maricones ni bolleras. Esta es la historia de la felicidad llorosa de dos personas, la vergüenza moral de los hombres que no llegaron a entenderse a sí mismos a través de aquellos otros a los que creen diferentes. Será la historia de las personas que un día, pronto, consigan empalagarse de la palabra libertad.

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Blog Day 3108

Blog Day 2008
Dicen que se escogió el 31 de agosto porque sus cifras, 3108, escritas de cierta forma, recuerdan a la palabra “blog”. Hoy, mientras celebramos el Día del Blog -la versión hispano hablante del blog day, que además contará dentro de unas horas con una serie de actividades muy interesantes-, no quería dejar pasar la oportunidad de dejar mi meme, mis cinco blogs favoritos, aquellos que leo con frecuencia, aunque ustedes ya los conocen de sobra, porque hablo de ellos de vez en cuando y porque están en los enlaces. Como siempre, obvio los de los colaboradores de Lenguas de Fuego, y les cuento los que leo de fuera:

Por último, hoy en un blog que no cito porque me da coraje que sea tan popular siendo tan mediocre, he leído esta cita: «lee libros, no blogs».

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Día del blog

Día

Desde http://www.diadelblog.com llevan semanas organizando un encuentro virtual de bloggers que se podrá seguir el próximo domingo 31 de agosto a través de la web oficial además de Plurk y Twitter. Entre las actividades que hay organizadas están programados varios talleres de creacción de blogs, ponencias de bloggers, etc.

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Dolor código JK 5022

Una mujer llora silenciosamente, a intervalos, mientras pronuncia unas palabras, «estamos esperando, no sabemos nada», como si lo hiciera sin convicción, sin un significado determinado o la intención de un eufemismo, sollozando de forma imprevisible y con los ojos arrasados por la certeza impronunciable de una muerte cercana, «lo llamamos pero no coge el teléfono, por eso lo sabemos», añade, como si un golpe de realidad la hiciera confesarse consciente de la catástrofe. Aún no ha podido asumir la muerte de un familiar, quizás varios, en un accidente aéreo, el vuelo JK 5022 acaba de estrellarse y la caja mágica retransmite el dolor de esa mujer a través de un micrófono a todos los televidentes, porque las historias que confluyeron en aquel avión y que finalizaron súbitamente tienen su secuela en los encargados de recoger e identificar los restos mortales de decenas de personas, en los retales de fuselaje casi desintegrados, en los retazos de realidad que se guardan en la caja negra y que prolongan la existencia fantasmal de los fallecidos a través de aquellas otras personas que viven la catástrofe desde la angustiosa orilla del desastre: hermanos, padres, hijos, amigos, buenos vecinos y compañeros rencorosos, antiguos amantes o viejos conocidos. Es la muerte, mostrándose cercana o magnánima, irreversible y todopoderosa, los que nos hace sentirnos vivos.

Necesitamos del sufrimiento a la vez que esquivamos con torpeza su presencia ineluctable. Aquella mujer que lloraba por televisión la muerte certera y sin confirmar de su hermano desea de una forma irracional, instintiva, despertar de la pesadilla, suspirar profunda y violentamente y abrir los ojos con un grito ahogado que disuelva la realidad, o que el argumento de su vida gire convirtiendo la tragedia en algo irreal; pero los que somos ajenos a ello nos podemos acercar a la angustiosa orilla del desastre a través de la televisión, fingir unas condolencias que nos vuelvan más humanos. Bordeamos el dolor ajeno con cautela, como quien se asoma a un precipicio manteniéndose a unos pasos de distancia del borde, en una comprobación rutinaria de nuestra humanidad. Sentimos, o eso fingimos o deseamos, porque somos capaces de dolernos por lo ajeno.

Una reportera de televisión se encarga de proporcionarnos un suntuoso banquete de catástrofe. Más allá de los restos del avión incendiado, más allá de las cifras o de las víctimas anónimas, la reportera alarga el brazo sosteniendo un micrófono, acercándolo a la boca torcida de una mujer que llora esperando la noticia de la muerte de su hermano, así podemos poner rostro al dolor, podemos comprar una dosis de tragedia e identificarnos, condolernos para ser felices, porque nuestra felicidad depende del sufrimiento ajeno, ése y no otro es el motor del informativo televisivo que negocia con el llanto ahogado de una mujer angustiada, del dolor y no de la información vive la reportera que alza el micrófono como quien alza una mano y vierte vinagre sobre una herida abierta y doliente, padecimiento sobre el padecimiento que construye una televisión que observamos embobados, la repugnancia de la era de la información que degeneró en el placer por el chascarrillo.

Hablaremos de dolor ajeno, hablaremos de negligencias ajenas, los medios sabrán conmovernos y conmocionarnos, nos hará recordar el once de marzo, nos harán temer la aviación y el pánico nos hará sentirnos vivos en cada despegue, en cada sacudida de una turbulencia, en cada despedida en cada terminal, porque con cierta frecuencia aparecerá en la pantalla del televisor una mujer con los ojos arrasados, agotada de sufrimiento, padeciendo la peor de las formas de la ignorancia, ésa que está entre la incertidumbre y el límite de la fatalidad, y una reportera la hará recrearse en su propio dolor, como en una especie de herramienta de tortura verbal, porque nuestra felicidad, empiezo a pensar, depende en muchas ocasiones sentir en otros el dolor.

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Elvis, Elvis, Elvis

I. Hace más o menos un año, pocas horas después de publicar el artículo Elvis está vivo -el más leído de este blog- recibí un correo electrónico de alguien que no sólo aseguraba haber localizado a Elvis Presley vivo en Argentina, sino tener pruebas viedográficas de ello, y además me las ofrecía en exclusiva para Lenguas de Fuego. Desde un principio me intrigó el supuesto el montaje, ni siquiera sentí una breve esperanza de ser el mecenas de un hallazgo conmocionante, sólo curiosidad por descubrir los límites del desequilibirio que había llevado a un hombre a urdir una farsa increíble pero narrada con convicción alucinógena, de modo que respondí el mensaje interesándome por el material, pensando que al menos podría marear la perdiz o reirme un rato, pero el confidente elvismaníaco no llegó a responder jamás. Por supuesto jamás llegué a recibir ningún video, el presunto buscador de Elvis no volvió a dar señales de vida, las imágenes que pueden ver más arriba son un sketch que he escogido al azar entre varios -tengo la convicción, como ustedes saben, de que creer en lo sobrenatural o lo magnífico es un chiste similar al del video-. Al día siguiente -por aquella época escribía casi todos los días- escribí sobre Django Reinhardt, aunque sin duda mi filtreo con la música de Elvis creció en pasión.

II. Este fin de semana, treinta y un años después de su muerte, los fans de Elvis rindieron homenaje a la memoria del Rey, mi amigo Ernesto, que es un «beatlemaníaco de Elvis», se habrá comprado algún otro objeto de coleccionista o el enésimo grandes éxitos, y sus herederos han dado una vuelta de rosca más al negocio celebrando el matrimonio de Presley con Barbie, se conmemora el cuadragésimo aniversario del especial del ’68 con un monográfico en Graceland, imagino que además alguien habrá inventando una nueva versión de la leyenda de la resurección de Elvis, o de su ascensión a los cielos extraterrestres, o de un complot mafioso para simular su muerte.

III. El verano pasado, después haber escrito aquel artículo, leí un libro, cuyo título y autor no recuerdo, que narraba el comienzo de la carrera de Elvis Presley. El origen humilde del rey del Rock me recordó a aquella canción para el Jaro que cantaba Joaquín Sabina, «por maestra una mesa de billar», y me hizo pensar que quizás el destino o un golpe de suerte salvó a Elvis de una vida mediocre o quizás trágica, sustituyéndola por la fortuna y el éxito. He pensado esta tarde que la tragedia de Elvis -si descartamos la teoría de la abducción o del complot- fue causada precisamente por el éxito, la cara y la cruz de una existencia. Creo que fue el sacerdote que ofició el funeral de Presley quien dijo que la fama le había llevado a experimentar unas cotas de tentación inimaginables para los demás.

Hay en toda historia una verdad y una leyenda, detalles de una farsa que filtran a través de la voz del narrador o mentiras colosales pregonadas con el mayor de los descaros e incluso con convencimiento. La historia de Elvis, no sé si la verdadera o la legendaria, se me antoja ahora un cuento de hadas con final infeliz, quizás siempre al borde de la fatalidad del fracaso. Debe ser que Elvis, al fin y al cabo, era también un hombre como todos los hombres.

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La tercera rueda

En algún momento que no recuerdo, verano, seguramente, cuando yo aún tenía esa edad indefinida en la memoria, en ese pasado remoto en el que se mezclan los años y se desordena tiempo y uno tiene que recurrir a la imaginación para ordenar la cronología su propia vida, cuando mi padre ya había desatornillado y retirado una de las dos ruedecillas que mantenían el equilibrio de mi bicicleta, la derecha, quiero recordar, aunque pudo ser la izquierda, yo pasaba horas recorriendo la calle de mi abuela en el Cercado, desde el extremo de su casa hasta el extremo de la casa de Elba -me imagino en la escena con la equipación de listas horizontales rojiblancas que llevaba el Granada C.F. a mediados de los ochenta, en una bicicleta azul, aunque puede que esos detalles los haya tomado de fotografías de la época-. Rodaba sobre el asfalto, por aquella calle estrecha y sin tráfico, subiéndome a la acera cuando pasaba algún coche, saliendo de la calle para bajar a la Plaza de los Chinos o a la Calle de las Moreras si mi amigo José me acompañaba alguna mañana de julio.

Debió ser después de aquello -aunque yo lo recuerdo como anterior, ordeno los sucesos según la lógica, no según la memoria-, cuando mi padre retiró la segunda y última ruedecilla de la bicicleta, convirtiéndola por fin en un biciclo, dejándome a mí la responsabilidad del equilibrio y la posibilidad de caer al suelo. En aquella época también sembré aquella calle de retales de codo y rodillas, aprendí que el agua oxigenada escocía aunque no tanto como el alcohol y que la mercromina dejaba un espectacular tinte en las heridas.

De alguna forma, cuando aún quedaba una ruedecilla supletoria que evitaba la caída si basculaba más de la cuenta, yo ya había adquirido un miedo infranqueable al momento en que perdiera aquel seguro, imagino que porque había experimentado con la bicicleta de una de mis primas las mellizas, seguramente con mi padre sujetando el sillín para darme estabilidad, y en el momento en que descubría que rodaba solo, aunque llevara haciéndolo con firmeza varios metros, era inevitable que me fuera al suelo. Entonces supe que el miedo era una barrera difícil y absurda, eso que luego supe que llamaban resistencia al cambio y que no tiene mucho sentido, pero no fui capaz de privarme del seguro de la tercera rueda y durante un tiempo que a mí me pareció más extenso de lo necesario realicé mis paseos, de la puerta de la casa de mi abuela a la de la casa de Elba, con aquella tercera rueda atornillada al eje de la trasera.

Creo que sólo hubo una forma de hacer desaparecer el miedo al equilibrio: el miedo al ridículo apareció una tarde en que mis padres estaban dentro de casa, charlando con mi abuela y con mi tía y yo en la calle con la bicicleta yendo y viniendo de nuestra puerta la puerta de la casa de Elba. Y allí estaba ella, Elba, con el pelo suelto, largo y liso más abajo de los hombros, pelirroja o de un castaño muy claro, con cierto aspecto de bruja blanca, como si tuviera en el rostro fragmentos de leyenda o de ficción, sentada en las escaleras, tal vez leyendo o solamente mirando la tarde o solamente mirándome a mí ir y venir, diciéndome con su voz dulce de meiga que quitara la tercera rueda de la bicicleta, «quítasela, si no la estás apoyando en el suelo», mientras yo me excusaba sin detenerme, en parte avergonzado, en parte atemorizado, «no puedo quitar la rueda, no tengo destornillador» o «no sé quitar la rueda, no puedo quitarla», excusas que no hacían a Elba abandonar su empeño de verme sobre tan sólo dos ruedas, «ven, que yo tengo llave inglesa», hasta que fui reduciendo mi recorrido, desde la puerta de la casa de mi abuela hasta la mitad de la calle, evitando cruzarme con la mujer misteriosa que vivía en el otro extremo de la calle, para finalmente guardar la bicicleta en el patio y no volver a salir en todo el día.

No sé si al día siguiente, o pocos días después, humillado de alguna forma, le pedí a mi padre que quitara la tercera rueda, y después de hacer algunas pruebas sobre dos ruedas con él sujetando la bicicleta por el sillín, empecé a rodar solo, a ir de un extremo a otro de la calle y dar la vuelta sin poner los pies en el suelo, a bajar la cuesta de losetas rojas de la esquina. Tal vez, en aquel momento, no supe si fui yo quien venció al miedo o fue el propio miedo quien desistió de dominarme a través de la bicicleta -seguramente porque ya empezaba a descubrir otros puntos flacos-, porque en ocasiones somos abandonados incluso por lo aparentemente inerte.

Dejé de montar en bicicleta hace mucho tiempo. Mucho antes de eso, tuve mi peor caída en un carril bici en Granada que se saldó con una pequeña fisura en el escafoides. Ahora es la pereza lo que mantiene alejado de los pedales, tener que bajar al trastero para sacar la bicicleta de su nicho de cajas y enseres abandonados, allí abajo debe estar, en la oscuridad del cuartucho abandonada por mí y por el miedo que la utilizó como herramienta, quizás porque ese mismo miedo ha considerado más conveniente manifestarse a través de otros objetos, de otros lugares, de otras personas.

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El castillo

Alguien me dijo, lo he contado ya varias veces en estas páginas, parafraseando no recuerdo a qué autor, que la literatura consiste en mentir bien la realidad, es decir, en hablar de uno mismo sin que se sepa que es uno mismo el protagonista del texto. Es una sentencia que siempre he relacionado con esa otra que reza que la realidad supera siempre a la ficción, porque al fin y al cabo la literatura es un sucedáneo de la realidad, de una realidad bien mentida para suscitar el interés que ciertas verdades no inspiran.

En ello pensaba hace unos días viendo a lo lejos el Castillo de Feria, erigido por encima del pueblo, gobernando el paisaje en kilómetros a la redonda: a la hora del ocaso, un hombre convertido en vampiro podría saltar de una de sus ventanas para iniciar en el valle una caza de vírgenes. Aún no entiendo la asociación de ideas, pese a la similitud que puede tener la fortaleza de cualquier villa con el castillo de Drácula, debió ser que a esa hora de la tarde yo ya pensaba en la noche clara y en la sombra del castillo alzándose, señalando al cielo como una maldición que le acusara.

Pero dejamos el coche junto a la Iglesia y continuamos la ascensión al Castillo a pie, por la madeja de calles del pueblo, que parecían los infinitos tentáculos enredados de un pulpo que era el Castillo, siguiendo las señales que indicaban unas calles mientras eran otras las que nos mostraban el castillo. Aquel pueblo era un falso engaño. Cuando alguien coqueteó con la idea del fracaso de nuestra visita, «tanto subir cuestas para que ahora el castillo esté cerrado», dijo, recordé a K. en cualquiera de sus intentos de acceder al Castillo de Kafka, subiendo por calles como un laberinto de espigas, salvando las diferencias, porque nosotros fuimos a Feria una tarde en la que el calor era más plácido que sofocante -la nieve sin duda habría exagerado la belleza del castillo, lo habría dotado de una luz desoladora, más aún sabiendo que se trata de algo real y no fingido-.

Pero el Castillo estaba abierto, a su entrada una mujer en un escritorio, el resto de las estancias vacías, sólo los insectos y el vacío fantasmal del eco vagaban por sus habitaciones como guardianes de una enorme cripta. A sus pies el pueblo de Feria con forma de estrella de cinco puntas, quizás acentuando una maldición que yo imaginaba, pero creo que fue Susana quien encontró allí, en lugar del origen de un maleficio, la inspiración para una fábula: «Mirad ahí, una mariposa, parece la misma que vimos la última vez, será la princesa del castillo que adopta forma humana en las noches de luna llena», y yo tuve que hacer un esfuerzo para imaginar, a la luz del plenilunio, la transfiguración de la mariposa en una doncella ataviada con blanco de luna brillante o nebuloso, diadema con una constelación de diamantes, espera ahogada en la impaciencia por la tardía llegada de un joven noble quizás con forma de halcón o negro corcel, porque mis imaginaciones apenas entendían al morador alado que era la mariposa como un habitante maldito y sin duda capaz de una conversión espectral o demoníaca, como imaginaba de niño la siniestra presencia de los caballitos del diablo.

K. no habría llegado jamás hasta esas torres, a lo sumo habría partido de allí buscando una salida sin encontrarla, se habría convertido en un fantasma de Canterville agrio, sin comedia alguna, por la sencilla razón de que Kafka habría construido una historia a través de la realidad, narrando en tercera persona el tedio de una ascensión penosa. La breve leyenda Susana había sido una mera improvisación basada en ficciones anteriores, un atisbo de literatura desligado de la presencia del mundo real, del terreno que se extendía en kilómetros a la redonda y del castillo que se alzaba junto al pueblo en forma de estrella de cinco puntas.

Allí, en el lugar más inesperado, había encontrado otra de las espinas de la literatura.

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Diana y Augusta Emerita

Templo de Diana en Mérida

I. Un hombre pisa suelo común, asfalto, adoquines, losas, incapaz de intuir a unos metros bajo el suelo la posible existencia de objetos de más de dos mil años de antigüedad. Frente a él, se alzan las ruinas parcialmente reconstruidas de un templo que recibe el nombre de una diosa a la que nunca rindió homenaje: Diana. La ciudad, que ahora se llama Mérida, le mira cara a cara con vanidad.

II. Acteón contempla con lascivia a Artemisa. Más allá de la belleza de la diosa, a quien en Roma llamarán Diana, Acteón es ineluctablemente atraído por el bien guardado misterio de su anatomía, por el peligro vigente que supone la profanación visual de la virginidad de Artemisa. En medio de un vórtice de adrenalina y atracción sexual, Acteón es descubierto por Artemisa, convertido en venado y devorado por sus perros de presa.

III. Durante el siglo XVII, el falso templo de Diana fue utilizado como vivienda. Podemos imaginarlo habitado por un noble y por su familia, por una doncella tal vez. Y tal vez podamos imaginar al vulgo pasar ante el templo de Diana desviando la mirada para descubrir entre sus columnas la inalcanzable presencia de una mujer preciosa.

Unos metros calle arriba, desde las ruinas de un complejo monumental, la cara de la Medusa vigila al paseante que curiosea por las calles de Augusta Emerita.

IV. Acteón, o quizás su sólo su mirada mitológica reencarnada en otro hombre, uno contemporáneao, se yerge sobre el asfalto observando el templo de Diana. Más tarde descubrirá que entre las columnas del templo vislumbraba la imaginación de un futuro lejano. La reencarnación de Acteón se mira a sí mismo en el espejo de Mérida, que es la reencarnación de Augusta Emérita, dos hombres, dos tiempos, una sola intuición: la de una construcción futura y monumental que sobreviva más allá del tiempo. El nombre de Artemisa transfigurado y encarnado en un templo que no le pertenece, el nombre de Acteón repetido milenios después, en tercera persona, en otro cuerpo, la pervivencia intuitivamente eterna del nombre verdadero, quizás la inmortalidad a secas, configura el fin de todo hombre.

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En el centro de nuestras vidas hubo un verano

Tal vez estas aceras desaparezcan cuando me marche, cuando el barrio sea sólo un lugar al que volver, cuando los rincones más cotidianos queden escondidos en el recodo de una calle y se asemejen menos a un recuerdo que a un artificio de la imaginación; tal vez de la luminosidad de este mes de julio no queden más que unos minutos de paso para venir a visitar a mis padres, un apresurado viaje que finaliza en estas calles de manera fugaz o trivial; quizás este calor y la brisa a veces fresca que alivia las tardes de verano dejen pronto de evocar ciertos recuerdos que empalidecerán al sol en las fachadas de la cuesta que baja hacia el polideportivo, en el descampado junto al río en el que ahora van a construir un parque, en la acequia subterránea que remontamos alguna vez cuando aún éramos niños para subir desde la Bola de Oro hasta la parte de arriba del Serrallo.

Sé que llegará septiembre para enterrar en el olvido aquel verano en que nos escapábamos todas las tardes del calor, en el que nos escondíamos en cualquier lugar intentando robar los besos de alguna niña, aquel verano que vuelve fluido a través de los años, como babas de un can hambriento, cuando escucho alguna de aquellas canciones o huelo en el aire la sequedad fresca de una brisa efímera. Padi solía cantar El emigrante o alguna canción de Dover, que empezaban a estar de moda, mientras me esperaba al principio de la tarde junto al polideportivo para ir a buscar a Lucía e Irene.

Bajo ahora la cuesta que lleva al polideportivo y veo que el espacio se divide entre el vacío y el aire colmado de luz, no hay nadie allá abajo esperando, apenas sopla de cuando en cuando una brisa fresca que mantiene vivo el recuerdo de Irene y de su boca, aún torpe besándome en la oscuridad del túnel. Quizás Padi mire hacia acá desde su casa al otro lado del río -si aún vive allí-, quizás nuestras miradas se crucen ciegas en algún lugar que la brisa disuelve por momentos. A los pies del Serrallo, al otro lado de la valla metálica, se abre la boca del túnel por el que subíamos, Padi, Lucía, Irene y yo, cogidos de la mano, en fila india, raspándonos los brazos con la aspereza de la pared, suavemente bañados en la fresca corriente de aire del túnel, sumidos en una oscuridad interrumpida a veces por un disco de luz en el suelo, reflejo de una alcantarilla, nerviosos y algo apresurados, sumidos también en un silencio interrumpido a veces por un susurro que advertía de la presencia de alguien unos metros más adelante en el túnel, «he oído la voz de un hombre, venía de allá, quizás haya alguien», decía Irene o Lucía, y nos deteníamos en seco agudizando el oído, escuchando sobre nosotros los pasos de alguien en la superficie y en el cráneo los latidos del corazón. Era aquel el fingido riesgo de quebrantar las prohibiciones, el emocionante secreto de lo levemente peligroso o la negligente temeridad del incauto, la curiosa mirada de quien ansía descubrir cuando nos sentábamos en la oscuridad subterránea del túnel y empezábamos algún juego que terminara con algún beso torpe de Irene, o atrevimiento de Padi de subir la escalinata de la alcantarilla, o alguna verdad cobarde y falsa que yo refrendaba para no pagar prenda.

Me detengo en la cuesta que baja al polideportivo, como nos deteníamos en el interior del túnel, no ante una presencia imaginaria, sino ante la ausencia deliberada de la brisa que alivia el sofoco de la tarde, porque he olvidado la letra de una canción de Celtas Cortos que cantaba Padi, porque el descampado que hay junto al polideportivo ya no invoca más recuerdos, revela en cambio los ardides de la memoria que intenta sobrevivir remendada por la imaginación. Caigo en la cuenta de que Irene y Lucía tenían unos nombres que he olvidado, que invento pasajes de la historia de aquel tiempo pasado, que olvido a las personas, porque aquellos rostros sin nombre desaparecen en el anonimato, se pierden en las calles de Granada, quizás en las de alguna otra ciudad, dejan de existir, como el mío propio, al no haber liga con el presente, porque seguramente habrán cambiado sus facciones y el recuerdo de aquel verano termina por resumirse en caras irreconocibles desasidas de la realidad.

Llegará el otoño y caerán los recuerdos caducos en el olvido, se borrarán de la memoria y la imaginación los besos adolescentes que aquella chica sin nombre jamás me dio. Volveré a estas calles cuando sean ya algo ajeno a mí y no podré evocar más que las rutinas grabadas a fuego, no hay hueco ya para lo fugaz pero esencial, para el momento exacto en el que creímos hacernos mayores, para verano alrededor del que giran nuestras vidas, el tiempo preciso que nos hizo empezar a sentirnos vivos como un impulso eléctrico en el cerebro, ineludible y vital, pero invisible.

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